Volver a
escuchar
Pasé varios
días oyendo cada vez menos con mi oído derecho, molestia que equivocadamente
atribuí a una infección. Tomé por una semana la combinación de amoxicilina y
ácido clavulánico que se receta en esos casos y durante esos siete la situación
no iba para mejor.
Paulatinamente
iba oyendo cada vez menos, cosa que a cualquiera asustaría, pero, seguro debido
a esa insólita tara chapina de dejar todo a la suerte y acostumbrarse a lo
peor, fui encontrando estrategias para escuchar de lado sin ofender al interlocutor
o encontrarle su beneficio a al no escuchar lo que no quería.
Hasta que,
pasado el tratamiento antibiótico oyendo cada vez menos y menos, decidí visitar
a mi médico desde que tenía diez años, el Dr. Hermann Maulhardt.
Cuando era
niño, mi padre me llevó con un médico en la Ciudad de Guatemala. Con un aparato
que semejaba un sacacorchos, al menos así lo recuerdo, me extrajo sendos
tapones de cerumen alojados en mis oídos. Al salir de la clínica, sentí por vez
primera, el sonido en estéreo del mundo.
Cuando salí
de la clínica del Doc Maulhardt, volví, a mis cuarenta años, a sentir el
chirriar de los juegos infantiles del parquecito del barrio, el trinar de los
pájaros del jardín de al lado, los pasos de la señora que viene detrás de mí y,
lamentablemente, el conversar a gritos de la gente a la par mía, el ruido de las
motos que por joder lo hacen y las burradas de la gente que para todo tiene una
opinión.
El Doc me
contó de un paciente que una vez al año, sin falta, iba por su limpieza de
oídos, hasta que falleció. Creo que vale la pena que todos lo hiciéramos así,
para darnos un sacudón de realidad a cada tanto y recordarnos sentir.
Es una
lástima que para algunos no baste una limpieza de oídos para este propósito. A
quienes nos gobiernan, desde la cosa pública o entre las sombras, quizá solo una
limpieza de alma les permita realmente escuchar lo que los ciudadanos decimos.
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